Japón
La desafiante postura japonesa
La década de 1970 vio el inicio de un movimiento mundial contra la caza de ballenas. En 1972, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente Humano, aprobó una propuesta que recomendaba una moratoria de diez años sobre la caza comercial de cetáceos para permitir que las poblaciones de ballenas pudieran recuperarse. Los informes de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas en 1977 y 1981, identificaron que varias especies de ballenas se encontraban en peligro de extinción.
En 1982, la Comisión Ballenera Internacional (CBI), organismo multilateral integrado por 88 países, resolvió implementar una moratoria a la caza comercial de ballenas. Esta moratoria se hizo efectiva en la temporada 1985-1986.
A pesar de la moratoria, el artículo VIII de la Convención que Reglamenta la Caza de Ballenas, permite la captura con “fines de investigación científica”. Valiéndose de esta excepción, Japón, país que no había aceptado la moratoria de 1982, finalmente reconoce la prohibición comercial, pero en 1987, tomando una actitud desafiante, inicia un programa de caza de ballenas, para realizar estudios y análisis científicos, el JARPA (Japan Research Program in Antartica).
El objetivo original del programa japonés consistía en la estimación de parámetros biológicos para el manejo de la población de ballenas minke y el esclarecimiento del rol de esta especie en el ecosistema marino. En 1995 y 1996, un nuevo objetivo fue introducido: investigar los efectos del cambio climático en los cetáceos.
La moratoria implementada por la CBI, tenía como único propósito permitir que las poblaciones se recuperaran tras ciento cincuenta años de caza intensa, que habían dejado a todas las especies de ballenas al borde de la extinción.
A pesar de lo anterior, Japón argumentó que los fines científicos de su programa de investigación justificaban el sacrificio de un determinado número de ballenas al año.
Actualmente existen métodos no letales de investigación. Elsa Cabrera, Directora Ejecutiva del Centro de Conservación Cetácea (Chile), plantea que la caza con “fines científicos” es una estrategia para socavar la moratoria.
El Centro de investigación de mamíferos marinos LEVIATHAN (Chile), utiliza ecosondas para determinar qué está comiendo la ballena, según la característica de su “nube de presas”. Evita así su muerte innecesaria y obtiene datos más precisos, porque cuando sucumben no se puede saber si habían terminado de comer o era una pausa en el proceso de alimentación.
¿Por qué seguir cazando ballenas?
Desde 1986, Japón ha matado más de 12,000 ballenas en nombre de su programa ballenero de investigación.
La caza de ballenas en la bestia negra de la diplomacia japonesa, generando un daño significativo a la imagen internacional del país mientras distancia a varios de sus aliados más cercanos. Ninguna otra política gubernamental provoca tal nivel de oprobio internacional, y resulta enigmático por qué Japón socava sus propias credenciales verdes y posterga sus intereses nacionales por un tema marginal que hace bastante tiempo dejó de ser de interés para la mayoría del pueblo japonés.
En su libro Whaling in Japan, Jun Morikawa explica la política ballenera: una elite burocrática sostiene esta industria, que se mantiene aislada de las preocupaciones ambientales globales; esta elite es apoyada por lo que él denomina el “silencio mayoritario” de Japón. El Ministerio de Agricultura, Bosques y Pesca (MAFF por sus siglas en inglés) cultiva un activo lobby en el parlamento japonés para asegurar la continuación de las capturas.
Desde antes de la moratoria sobre la caza comercial de ballenas de 1986, la industria ballenera japonesa dependía de subsidios gubernamentales. Como también lo hace el Instituto de Investigación de Cetáceos de Japón (ICR por sus siglas en inglés), la organización responsable de conducir los programas de “investigación” balleneros, que también está involucrada en estrategias de marketing y relaciones públicas mientras establece redes internacionales proballeneras.
¿Cazar ballenas es parte de la identidad japonesa?
Ya hemos escuchado a diplomáticos japoneses afirmando: “Así como los occidentales comen vacas, nosotros comemos ballenas”. Sin embargo, Morikawa se explaya en derrumbar los mitos frecuentemente utilizados para justificar la industria ballenera. Los promotores de la industria ballenera argumentan que esta actividad y el consumo de carne de ballena están profundamente arraigados en las tradiciones japonesas, y aseveran que los activistas anti-balleneros son culpables de imperialismo cultural, al imponer sus valores a los japonenes. Morikawa aclara que la ballenería moderna se parece muy poco a la caza de subsistencia en pequeña escala que, hasta inicios del siglo XX, estaba limitada a ciertas regiones costeras de Japón.
La cultura del consumo de carne de ballena en Japón también era muy limitada y, de acuerdo a Morikawa, es “una tradición inventada que sólo duró 20 años desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta inicios de 1960”. Durante la ocupación norteamericana, la carne de ballena se convirtió en parte integral del programa escolar de alimentación, explicando el por qué la generación nacida en esa época evidencia un nacionalismo nostálgico sobre el tema.
El pueblo japonés NO DEMANDA carne de ballena
El autor llama la atención sobre la campaña publicitaria orquestada por el ICR, que está orientada a convencer al público japonés que la ballenería forma parte de su identidad nacional. El ICR también trata de promover el consumo de ballenas, pero con pocos resultados. El mayor problema de los promotores de la ballenería es que los consumidores japoneses ni siquiera compran la carne fuertemente subsidiada por el gobierno japonés; un tercio de la carne obtenida a través de los “programas científicos” no se vende por falta de demanda. Esto significa que los procedimientos para vender la carne no cubren el valor económico asociado a las operaciones balleneras.
Resulta costoso, tanto financiera como en términos de relaciones públicas, mantener crecientes reservas de carne de ballena que nadie quiere consumir. Desesperados por aumentar el consumo, el ICR y el MAFF están detrás de los esfuerzos para reintroducir la carne de ballena en los programas de alimentación escolar de toda la nación japonesa, colocando a los niños en riesgo al servir productos saturados de toxinas que son peligrosas para la salud humana. De acuerdo a Morikawa, los medios de comunicación japonesa, han hecho poco para educar al público acerca de los problemas de la ballenería y los peligros de consumir carne de ballena.

