“El Jardín de los senderos que se bifurcan“
In Memoriam de Matías Ramírez Poblete, defensor de las ballenas y amigo, muerto en un accidente aéreo en las líneas de Nazca, en febrero de 2010.
En el año 2008 tuve la oportunidad de conocer a Matías, en el fragor de una campaña en la que con mucho entusiasmo y pocos recursos, buscábamos que Chile asumiera un compromiso firme y permanente en pos de la protección de las ballenas. Después de meses de trabajo intenso conseguimos nuestro propósito y a él nunca dejó de parecerle chistoso que nuestras queridas “guatonas”, por las cuales sudamos la gota gorda, fueran unas tremendas ingratas, que nunca nos darían las gracias, pero por las cuales seguiríamos trabajando con mucho gusto.
La actitud que tuvo Matías durante toda la campaña era un rasgo muy marcado en su personalidad: ofrecer todo su ser, con alegría, a una causa que le parecía justa, y afrontar las dificultades, sin amargura, siempre con un temperamento alegre.
Meses después, terminada la campaña, se nos ocurrió formar un grupo de amigos y caminar rumbo al Salto de Apoquindo -en la precordillera de Santiago de Chile-, aunque ninguno de los integrantes tuviera un conocimiento preciso del sendero que llegaba a ese lugar. Caminamos bajo un sol implacable durante algunas horas, y sólo cuando la sed y el cansancio se volvieron insoportables, reconocimos que nos habíamos perdido. En el camino de vuelta –sin haber visto ni una gota del famoso salto de agua-, Matías no dudó en lanzar chistes y bromas sobre lo absurdo que había sido realizar esta actividad, no mostrando en ningún momento enojo o irritación. Esa actitud alegre, por muy desagradable que fuera la situación, y que mantenía siempre para que nadie se sintiera mal, ni apesadumbrado, era un atributo que resaltaba en su modo de ser.
La vida de Matías fue segada el 25 de febrero de 2010, en un accidente aéreo. La investigación indica que la falta de mantenimiento de la aeronave y la inexistencia de medidas de seguridad mínimas, fueron las responsables de la tragedia.
Como una forma de rendir homenaje a mi amigo, decidí no descuidar la organización que con tanto esfuerzo habíamos levantado –DefensaBallenas- y darle continuidad en el tiempo, para que siempre fuera un aporte en la protección de las ballenas y cetáceos en general.
A lo anterior, también se sumó la necesidad de crear un hito físico que mantuviera vivo el recuerdo de mi amigo. Hace un año comencé a plantar árboles en un lugar antes desprovisto de vegetación, en un sector perdido en el cerro San Cristóbal, con la intención de formar un pequeño jardín. Sin saberlo, estaba repitiendo una tradición que se remonta a los cementerios romanos, llenos de cipreses plantados por los familiares de los difuntos, pero no para representar la muerte, sino la vida, pues estos árboles rebrotan con facilidad y siempre están verdes, representando la inmortalidad. En la Zona Central de Chile, el lugar del ciprés lo tomaron el quillay, peumo, boldo, litre, molles y maitenes.
El jardín no tiene otro propósito que conmemorar a aquellos que ya se fueron y lo he querido llamar “de los senderos que se bifurcan”, porque sus árboles representan esos senderos que ya se separaron de nosotros, pero que tarde o temprano volveremos a encontrar.
En ese jardín hay un árbol –un arbolito en verdad-, un quillay, que crece vigoroso buscando la luz del sol y que con el pasar de los años se convertirá en sombra y refugio. Este árbol representa a mi amigo Matías.
En la antigua Roma, las personas inscribían en las lápidas “que la tierra te sea leve”, deseando que el peso de la tierra no impidiera que el espíritu de sus seres queridos se elevara hacia los cielos.
Ayer, martes 25 de octubre, se cumplió un año y ocho meses desde la partida de mi amigo. Como una forma de honrar nuestra amistad, subiré nuevamente al jardín y regaré el quillay de Matías, y con algo de pena le diré al alma de mi amigo “que la tierra te sea leve”.
Juan Jiménez



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