Thursday 23rd February 2012
Sobrevivientes: ballenas francas en peligro
Atlántico Norte

Sobrevivientes: ballenas francas en peligro

Juan Jimenez on June 16, 2011 with 0 Comments

Cuando Almirante emerge, parece un submarino saliendo a la superficie, su ingente masa empujando el azul profundo del océano, casi saltando desde las profundidades. Así es como la describe Phillip Hamilton, por lo menos.

Almirante es una ballena franca del Atlántico Norte. Fue vista por primera vez en 1979, un año antes que el Acuario de Nueva Inglaterra comenzara a catalogar todas las ballenas que quedaban en la costa noreste de los Estados Unidos. Ella es también una de sus ballenas favoritas. “Es simplemente una ballena increíble”, dice Hamilton, que coordina el catálogo de ballenas francas. “Realmente es icónica”, afirma Amy Knowlton, una colega investigadora del acuario. Lamentablemente, es un icono en otro sentido: después que se enredó en unas líneas de pesca en 2007, no se ha vuelto a ver. Si está muerta, su suerte es representativa de lo que sucede a muchas de su especie, que deben lidiar con los peligros de las embarcaciones y redes de pesca.

Almirante y sus compañeras ballenas francas son una población remanente, diezmada por la caza de ballenas y que luchan por superar la interacción constante con los humanos, que a menudo les resulta mortal. En la actualidad, sólo quedan alrededor de 500 ballenas francas del Atlántico Norte. Esto es un repunte en comparación con décadas pasadas, cuando quedaban unas cuarenta ballenas francas del Atlántico Norte, pero aún es demasiado pronto para celebrar. El Servicio Nacional de Pesca Marítima casi no da abasto para fiscalizar barcos y redes de pesca -las dos principales causas de mortalidad de ballenas francas- por lo que la población se encuentra en un estado precario, lo cual dificulta las investigaciones. Cada nacimiento y muerte puede alterar las posibilidades de supervivencia de la especie.

Las ballenas francas del Atlántico Norte fueron cazadas casi hasta su extinción. Desde principios de 1600 hasta el 1800, entre 5.000 y 11.000 ballenas fueron capturadas. Eran cazadas por su carne y grasa, y su nombre “franca” (en inglés es right whale “la ballena correcta”) viene del hecho que al matarlas sus cuerpos flotan en la superficie en vez de hundirse. Su caza también fue más intensa porque eran grandes: las ballenas francas pueden ser de hasta veinte metros de largo y pesar setenta toneladas.

El análisis genético de las ballenas sobrevivientes, sugiere que sólo quedan cinco linajes. Esto significa, que la población en un momento dado se redujo a sólo cinco clanes cada uno con una “matriarca”, pero lo más probable es que llegaran a un mínimo de 40, y que las ballenas de la población actual desciendan de cinco de esas 40 hembras sobrevivientes.

Esto significa que las ballenas que sobreviven no son muy diferentes genéticamente. Pero nadie sabe realmente cómo afectará esto a las posibilidades de supervivencia de la especie. Algunos expertos piensan que una reserva genética tan reducida, dificultará que las ballenas puedan adaptarse a los cambios ambientales. Otros estudios han sugerido que la población siempre tuvo escasa diversidad genética, incluso antes de que los barcos balleneros llegaran.

Saber cuando se produjo este “cuello de botella” genético y cómo podría afectar a las ballenas francas, es sólo una de las muchas preguntas acerca de ellas. A pesar de más de treinta años de una vigilancia constante, todavía hay una enorme cantidad de científicos que no saben acerca de ellas. Que parecen desaparecer en el invierno, y un tercio de las madres son dadas por desaparecidas durante el verano. Los investigadores no saben que tan sociales son, la importancia que puede tener la comunicación vocal, o si están recibiendo suficiente alimento.

Responder estas cuestiones es difícil, porque las ballenas son difíciles de estudiar. Los investigadores no pueden tener una ballena franca en un laboratorio, por lo que todo su trabajo tiene que ser en el mar. “Estamos estudiando a alguien que no quiere ser encontrado, que se mueve muy rápido y tiene un hábitat amplio”, dice Aaron Rice, quien estudia la acústica de los animales en la Universidad de Cornell.

Los nuevos desarrollos en la tecnología han ayudado, permitiendo a los investigadores estudiar a las ballenas sin tener que verlas. Las pruebas genéticas se pueden hacer en las heces que flotan libremente, por ejemplo. Las ballenas pueden ser pinchadas con las unidades de seguimiento GPS que registran su ubicación y la velocidad. El puerto de Boston está equipado con dispositivos de grabación bajo el agua que escuchan a las ballenas francas las 24 horas. Los investigadores esperan que esto, en combinación con estudios anuales del área y los constantes viajes en barco a los hábitats de las ballenas francas, sacarán a la luz los secretos de la especie y descubrir cómo se puede evitar su extinción.

Por supuesto, las ballenas francas no eran la única especie cazada por la industria ballenera. Pero mientras que los cachalotes y ballenas de Groenlandia se han ido recuperado, la ballena franca no. Las ballenas francas siguen muriendo en gran número, debido a sus encuentros con el ser humano.

El estilo de vida de las ballenas francas “las pone en mayor riesgo. Tienden a vivir dentro de los tres a diez metros de profundidad” dice Leila Hatch, Ecóloga Marina que trabaja para la Agencia Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA). “Eso significa que están dentro de la zona de choque con las embarcaciones casi el 100% de sus vidas. Su evolución las ha llevado a ponerse en conflicto directo con nosotros todo el tiempo”. Los capitanes de los barcos a menudo no saben que las ballenas están ahí hasta que es demasiado tarde, y los choques con barcos son el 40% de las muertes de ballenas francas. Aunque los barcos sólo pueden matar a unas pocas ballenas cada año, la población de ballena franca es tan pequeña, que cada muerte prematura resulta peligrosa para la supervivencia de la especie.

El que se trasladen de forma superficial también las pone en peligro con las redes de pesca comercial. Por las cicatrices, los investigadores pueden decir que alrededor del 80% de las ballenas han sido atrapadas en redes de pesca en algún momento de sus vidas.

Knowlton piensa que esto tiene algo que ver con los insumos de pesca. Desde 1990, los fabricantes de cuerda han desarrollado líneas mucho más fuertes. Con las cuerdas viejas, las ballenas de setenta toneladas podían escapar. Estas cuerdas nuevas, simplemente podrían ser demasiado fuertes. Knowlton está utilizando la base de datos de ballenas francas para averiguar si el incremento en los enredos se corresponde con el uso de las cuerdas nuevas.

Las regulaciones recientes en los Estados Unidos han ayudado. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica, adoptó un reglamento en 2008, que redujo la velocidad de los barcos hasta diez nudos -unos doce kilómetros por hora- en los hábitats de ballenas francas, como el puerto de Boston y Cape Cod Bay. Los pescadores están obligados a cambiar de redes flotantes a redes que se sumergen y que flotan por debajo del espacio ocupado por la ballena franca. Pero esas reglas sólo están en vigor en aguas de Estados Unidos, y sólo se aplicarán hasta 2013. Luego, los investigadores tendrán que convencer a los políticos para que extiendan las regulaciones. En Canadá, donde las ballenas pasan gran parte del verano, no hay restricciones de velocidad en absoluto.

Colisiones con las embarcaciones y quedar atrapadas en las redes, no son las únicas cosas que pueden matar a las ballenas francas. En la década de 1990, las ballenas casi dejaron de tener crías. Sólo un ballenato nació en el año 2000. Las ballenas empezaron a aparecer con lesiones por todo el cuerpo. Estaban muy flacas. Nadie sabe realmente por qué. Podría haber sido la falta de alimentos, o un brote de una enfermedad, o algún factor de estrés en el medio ambiente o una combinación de los tres. Poco a poco, las ballenas se mejoraron, y comenzaron a tener más crías, pero la causa del repentino deterioro sigue siendo un misterio. Para una de las ballenas más estudiada en el mundo, todavía hay un montón de incógnitas.

Una de las incógnitas es el destino de Almirante. Se había avistado en 232 ocasiones. Pero desde su enredo en las líneas de pesca, los avistamientos cayeron. Cuando los investigadores la veían, se veía bastante golpeada. Nadie la ha visto desde 2007, y muchos están preocupados. Podría haber muerto por sus heridas.

Cuando una ballena muere, no es sólo un número en un catálogo. La mayoría de las personas que han estado estudiando las ballenas francas han estado trabajando durante 25 a 30 años. Ellos conocen a todas las ballenas a simple vista: Almirante, Millipede, Cremallera. “Me he pasado la mitad de mi vida estudiando esta población”, dijo Knowlton. “Tienes la oportunidad de conocer a sus familias y ver quien está relacionado con quien, y usted las ve en todas estas actividades”.

Cada invierno, en la temporada de parto, los investigadores analizan distintos escenarios para tratar de adivinar de qué forma nacerán los ballenatos. Para los últimos años, la población ha ido aumentando lentamente. Diecinueve crías nacieron el año pasado. Los investigadores esperan que la combinación de menos barcos y nuevas técnicas de pesca, incremente esta tendencia. “Esta última década fue la primera década con buenas noticias luego de tres décadas trabajando”, dice Hamilton. “Es el primer bit de esperanza, en verdad.”

Pero mientras los números mejoran, se sabe que las ballenas aun no pueden valerse por sí mismas. “No creo que podamos celebrar todavía”, dice Knowlton. Los barcos todavía embisten y matan ballenas, y las redes de pesca todavía son una trampa. “Creo que tenemos que mantener la guardia arriba, estar muy atentos”, dice ella, “porque si dejamos caer nuestra vigilancia, entonces nuestra población podría no sobrevivir”.

Este artículo fue proporcionado por Scienceline, un proyecto del Programa de Ciencia, Salud e Información Ambiental de la Universidad de Nueva York.

Por Rose Eveleth/Foto: NOAA

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